La Libreta.
Lo hablado se lo lleva el viento, lo escrito se queda para siempre.

¿El escritor nace o se hace?

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   Nace y se hace, pero sobre todo, creo que el escritor se auto descubre de la única forma que puede hacerlo, es decir, escribiendo. Mejor o peor, cada cual según su capacidad, estilo o gusto.

   Cada uno escribe en primer lugar para sí mismo, y si con ello consigue disfrutar mientras lo hace, el esfuerzo habrá merecido la pena. A partir de ahí, y hasta llegar a conseguir el Premio Nobel de Literatura, queda un camino muy largo, que muchos recorren, pero muy pocos, son los que pueden llegar al final.

   Los objetivos y ambiciones personales de cual, son libres, el cielo es el límite, y quien pretenda tocarlo con la mano ya sabe lo que ha de hacer, pero como mínimo, ha de estirar el brazo en dirección a las estrellas.



Son tantas las veces a lo largo de nuestra vida, que hemos de aceptar la infelicidad (o el concepto que tenemos de ella), como compañera de viaje durante el recorrido de la existencia, que nos hemos acostumbrado a ser infelices (o lo que nosotros creemos que supone serlo). Aunque siempre deseamos que la ausencia de felicidad (o lo que nosotros pensamos que lo es), no dure mucho tiempo, y mientras tanto, vamos tirando día a día con lo que nos toca. Una sonrisa aquí, una lágrima allá, mientras todo va sucediendo con arreglo a las “Leyes de la Naturaleza” (o lo que nosotros consideramos que lo son).



Hasta el momento me ha resultado imposible poder averiguar, si el mundo no está a la altura de mis sueños, o es que en realidad, soy un auténtico iluso, que vive en el inmenso mar de la irrealidad flotando en medio de sueños inalcanzables, esos mismos, que se han convertido en objetivos tan lejanos que tan solo sirven como terreno abonado para una buena cosecha de insatisfacción vital permanente. Aunque, eso nunca va a servir de excusa, para no seguir soñando.




En los momentos de bajón, esos con los que te suele obsequiar con más o menos frecuencia el día a día, prefiero dejar a un lado los tan socorridos antidepresivos, y mientras lo pueda controlar (mejor o peor), procuro buscar soluciones mucho más creativas para mitigar en la medida de lo posible la anemia galopante de mi estado de ánimo.

¿Y qué hago? Muy sencillo:

 Uno: Veo películas “mudas” de Charlot, que ya han cumplido los cien años, pero me siguen aportando momentos memorables de auténtico “descojone”.

    Dos: Vuelvo a leer mis libros de “Filosofía Marxista” (por supuesto, la de Groucho Marx)

   Tres: Veo una y otra esos maravilloso vídeos con los goles de Matt Le tissier. Para los aficionados al fútbol que no lo conozcan, que lo busquen en YouTube. ¡impresionante futbolista! Sin duda a la altura de los mejores , pero sin la fama de ellos

    Tres sencillas recetas, ¡que no te defraudarán amigo, hazme caso, sé lo que digo!


A veces me siento como un ratón, temeroso y acorralado por el gato del miedo, y mi única opción es vencer a mi enemigo o morir en el intento. Así que procuro siempre hacerle frente y luchar, nunca bajar los brazos y entregarme, eso no es una opción válida para mí. Peleo, doy la cara, me defiendo y espanto al gato, que la mayoría de las veces sale corriendo, y si no lo hace, le muerdo, una pata, o lo que pille, para que tenga muy claro, que soy mal enemigo.




Quizá mi imaginación en ocasiones, se desmadre un poco, pero cada vez que me cruzo con mi vecino, y veo su corte de pelo, me viene al pensamiento, la imagen de un asesino en serie, ese que cada día va a su trabajo como cualquier ciudadano normal, y del que sus compañeros dirían sin dudarlo, que es incapaz de matar a una mosca, pero que por las  noches, se dedica a asesinar a inofensivas y solitarias viejecitas.




A veces cuando más tranquilo y relajado estoy, vienen a mi memoria historias de ayer, recuerdos que estaban en el baúl del olvido, pero que de nuevo afloran a mi mente, Es curioso comprobar como el poderoso fuego del presente, es incapaz de destruir un simple papel del pasado, y cuando lo hace, no siempre consigue hacer desaparecer por completo las cenizas, pues éstas, se regeneran para resucitar y aparecer de nuevo, aunque sea tan solo en forma de repentinos ataques de insignificante nostalgia, que sin duda alguna, es un lujo que no me puedo permitir, aunque sea muy modesto.



La existencia de los seres humanos, tiene cosas inexplicables, y a veces (muchas o pocas, eso ya depende de cada individuo), se convierte en un auténtico infierno, en el que el diablo, te juega malas pasadas y a la vez se ríe de ti, y eso sucede, en lo que a mí respecta, cuando hay días que vivo en invierno muriéndome de frío (aunque sea verano), mientras mi vida está ardiendo. Bien es cierto, y a fuerza de ser sincero, lo he de reconocer, que toda la leña que alimenta la hoguera de mi frustración, son mis propias contradicciones.



Las pequeñas cosas buenas, de las que gozamos a diario, no se suelen valorar en exceso, excepto cuando nos faltan. Por ejemplo, disfrutar de la lectura de un buen libro, cómodamente tumbado en una hamaca de la terraza (el que las tenga, hamaca y terraza, preferiblemente la segunda), recibiendo al mismo tiempo, las suaves caricias de un día de sol con temperatura dócil (el calor infernal se lo dejamos para “Satanás”). Que se acaba, cuando el “jodido” perro del vecino empieza a dar ladridos como un loco, y la concentración en la lectura se va a “freír espárragos”. Aunque peor sería no poder tener, ni el libro (además claro está, de que tampoco se posea hamaca y terraza). Al final, como la vida, no sabes por donde te va a “tocar las narices”, puede que te haya dado terraza, hamaca y libro, pero has tenido la mala suerte de que en tu empresa te han trasladado  a su delegación del Norte, a vivir en la ciudad más lluviosa del país, y que al final acabes echando de menos a “Toby”, el “cachorrillo” ladrador del vecino, que tenías cuando tu residencia se encontraba en la zona de temperatura más gradable, lo que viene siendo el Sur.


Se necesitan muchos años (no siempre, ya que varía según la capacidad del individuo, para salir de la ignorancia, antes de que se haga inseparable de la persona afectada), para darse cuenta de que la verdadera vocación del ser humano, es sin duda alguna, la de sentirse útil haciendo algo (lo que sea).





Soy consciente de que los seres humanos vamos menguando con el paso de los años. Algo que no supone ningún problema para un tipo alto, pero para los que no lo somos, porque la naturaleza nos hizo tener nuestro centro de gravedad, bastante cercano al suelo, la posibilidad de convertirnos en un “Liliputiense”, se hace cada día más patente, a la vez que preocupante. Algo que además (en mi caso es así), se agrava cuando recibo un susto demasiado fuerte, ya que me encojo un poco (medio centímetro más o menos). Así que tengo miedo al paso que voy, que cualquier día una simple grieta en el asfalto, me acabe devorando, ¡y de mí, ya nunca más se supo…!



A veces he de reconocer mi innegable capacidad (modestia aparte) para desenvolverme con evidente soltura (lo que viene siendo, con un desbordante optimismo) ante las frecuentes adversidades con las que la vida diaria pretende pillarme desprevenido. Por desgracia, no siempre es real, esa forma optimista de abordar la existencia, y a veces la resaca del exceso de euforia, pasa factura al día siguiente.




Procuro siempre que mis fantasmas internos (esos cansinos “tocapelotas”), huyan lo más lejos posible de mí, y corran a refugiarse en el lugar más profundo de la tierra, espantados por el miedo que les produce mi actitud permanente de combativo luchador, que trata de mantener a cualquier precio, su irreductible positividad.





Son muchas las veces, que los seres humanos hemos de convivir con frecuencia (demasiada), con otros seres que te “chupan” la vitalidad. Son una especie de Vampiros Energéticos, que continuamente hacen todo lo posible para vaciar tus depósitos de entusiasmo hasta dejarte completamente seco, y luego presumen ante ti, de lo fuertes que ellos se sienten, y lo débil que eres tú.

    ¡No te jode con el Drácula de los cojones!




Hay momentos en los que no queda más remedio, si uno quiere seguir respirando, que transformarse en guerrero, y luchar con valentía contra la “asfixiante tiranía” de la realidad, cuando esta se empeña en volverse cada vez más insoportable a medida que pasan los días y el tiempo avanza, desgastando como una lija, la madera de las ilusiones.






Con los sentimientos no se negocia. Puede ser peligroso trapichear en el mercado de las emociones, por eso, si uno pretende comprar amor, lo que muy probablemente obtendrá será sexo, eso sí, adornado con un atractivo papel de regalo, lo que sin duda alguna aumentará su precio.






Cuando en una conversación, uno intuye la llegada inminente de algo absurdo, ha de estar siempre preparado para responder, o para no hacerlo, si considera que la respuesta tan solo va a servir para perder el tiempo.






La verdadera causa del envejecimiento, no está en cumplir años (aunque, evidentemente eso desgasta, para que vamos a negarlo), más bien, reside en ser consciente de que la realidad (más o menos cruel, según los casos), ha derrotado por completo a nuestros sueños.






Lleva mucho tiempo identificarse con la imagen que uno ve, cuando se mira en el espejo. Algunos necesitan toda la vida para conseguirlo, y otros no son capaces de lograrlo nunca, pues siempre ven un extraño.






No siempre la imaginación, consiste en trabajar a fondo la propia creatividad, también imaginar, es no pensar en nada, y por lo menos, siempre se puede tener en cuenta como una opción muy válida para abandonarse a la tranquilidad más absoluta, aunque para aquellos que no saben vivir en paz, la tranquilidad sea siempre algo aburrido






El único destino posible para un barco que se hunde, es el fondo del mar, y para impedir ese terrible destino, antes hay que evitar que la nave se vaya a pique, algo que ya es demasiado tarde cuando el agua comienza entrar por algún agujero.






Cada cual es libre de vivir como le venga en gana, incluso envuelto siempre con la manta de su propia incoherencia, tan solo han de buscar en cada momento la justificación necesaria, que le permita hoy, acostarse rezando y proclamar su inquebrantable fe en Dios, y mañana por la noche, salir a tomar unas copas con el Diablo.






La vida humana está llena de misterios, uno de ellos, es sin duda alguna, desconocer porque a las personas (en general), nos gusta meternos casi siempre en la boca del lobo, incluso, algo siempre peligroso, o cuando menos arriesgado, aunque la fiera no tenga dientes.






Uno de los elementos básicos que caracteriza el buen aprendizaje, es sin lugar a dudas la actitud, y cuando el camino que se quiere seguir, es aquel que lleva a aprender a vivir, además de la actitud, no queda más remedio que echarle un par de cojones al asunto.





Las personas camaleón, son aquellas que siempre tiene recursos para adaptarse a cualquier situación que la vida diaria les depara en cada momento, aunque la realidad de su existencia sea en ocasiones, excesivamente complicada. Sin ir más lejos, tenemos el ejemplo claro de los que tosen, cuando se les ha escapado en público una ventosidad, y procuran que un ruido tape al otro, aunque en ocasiones el estruendo de un ano enfadado, sea de todo punto evidente.




En relación con el caso anterior, también se da el caso del caradura, que dirige la vista hacia la persona que tiene al lado, o la más cercana (cualquiera sirve para usarla de flotador y ponerse a salvo), y la mira de una forma, que no deja lugar a dudas para señalar quien es el culpable de la imprevista fuga de gases.





Soy de esas personas (no sé cuantas más habré en el mundo), que sufren, lo que un servidor llama, El síndrome ACO, es decir:

   Atención: Deficiente.

   Concentración: Escasa.

   Orientación: Nula.


   Algunos se preguntarán: ¿Y puedes seguir viviendo con normalidad?

   La respuesta, es que ¡por supuesto!, la cosa es bien sencilla.

    Tan solo hay que estar atento a lo que merece la pena, concentrarse en la solución del problema, y orientarse en dirección contraria a la oscuridad.

    Para ser sincero, también he de decir, que esto no siempre funciona, ya que perfecto, no hay nada, pero suele dar muy buenos resultados, y hablo por experiencia propia.



Nunca hay que perder la esperanza de encontrar asiento en el último tren, ese que siempre se espera, aunque a veces tarda demasiado tiempo llegar, tanto, que muchos se cansan, pierden la paciencia y se olvidan de él para siempre. Aunque antes de hacerlo, han de estar siempre seguros, si están esperando el tren, en la estación adecuada.





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