Historias Oscuras.
Y breves, para los que tienen solo cinco  minutos libres, o menos.

                                 










© Fran Laviada

           

Una organización mafiosa a la que había pertenecido en su momento y por motivos que prefiero mantener en secreto, ya que pertenecen a una época de mi pasado, de la que no me siento nada orgulloso, me había sentenciado a muerte y mi vida cambió por completo.

   El miedo y la ansiedad, se hicieron compañeros inseparables de mi existencia. Para salir de aquel infierno, no tuve más remedio que hacerme la cirugía estética y cambiar de cara. Además, también conseguí adelgazar casi veinte kilos. Me convertí pues, en otra persona y logré mantener mi vida a salvo, por lo menos hasta el presente, sin embargo, el problema que tengo ahora, es que cada vez que me miro al espejo, me llevo un susto de muerte, no me reconozco, y pienso que tengo frente a mí, al asesino a sueldo que han contratado para matarme. Y lo que en estos momentos me aterra de verdad, es que cualquier día me pueda dar un infarto con tanta sorpresa espantosa que me llevo, día sí y día también.


Versión escrita.

El despiadado asesino entró en la casa, y se puso a disparar como un auténtico loco a todo lo que se movía. En un abrir y cerrar de ojos, se cargó a todos los que allí estaban. Era increíble comprobar, como en poco menos de un minuto, el suelo había quedado completamente encharcado y teñido de un intenso color rojo, como si la sangre hubiese salido de una manguera a toda presión. Y en un dantesco espectáculo se podían ver desparramados por el suelo los cadáveres de la familia asesinada, cuya expresión, mezcla de sorpresa y terror había quedado retratada para siempre, como si el rostro de los muertos se hubiera convertido en una careta. Cuando la policía llegó al lugar de la masacre, y comprobó el número de fallecidos, se echó en falta al abuelo, que se salvó de milagro, gracias a que, a la hora de la carnicería, había asistido a su habitual clase de tango. Aunque otras versiones, aseguran que el viejo, falleció de muerte natural, unos días antes, incluso alguna fuente que presumía de tener información de primera mano, daba por hecho, que en realidad, el anciano, que no se fiaba para nada de su familia, e intuyendo que sus hijos querían recluirlo en una residencia geriátrica, optó por coger todo su dinero y aprovechar para disfrutar el poco tiempo que le quedaba, viviendo la vida loca, y de ahí que optase por fugarse la noche anterior, con su amante, que por edad podía ser su nieta, y al final parece que lo consiguió. Cuentan que exprimió a tope su última etapa terrenal, muriendo casi al mismo tiempo que el último billete de cien dólares se deslizaba entre sus manos, y cosas de la vida, duró bastante más que su familia, esa, que pretendía olvidarlo en un asilo y al mismo tiempo quedarse con todo su dinero.

   Pasado un tiempo, la policía acabó deteniendo al asesino a sueldo, ejecutor de la masacre, y una vez que confesó ser el autor de los hechos, también reconoció, que la persona que lo contrató, fue precisamente, el abuelo. Del que dijo con admiración, que además de ser esplendido a la hora de pagar, de tonto no tenía un pelo, y de ahí, que para finalizar este relato, sea muy adecuado decir aquello, de que sabe más el diablo por viejo, que por diablo 


© Fran Laviada

El mismo día que conocí a Sally, me enamoré perdidamente de ella. A la semana, ya éramos novios, y después de tres meses de idílica relación, nos casamos. Fue amor a primera vista, un auténtico flechazo. Era el hombre más feliz del mundo, sin embargo mi vida de enamoramiento absoluto, duró muy poco. A medida que iba pasando el tiempo, fui conociendo mejor a mi mujer, y cada vez era más consciente, de que me había equivocado, y gravemente además. Sally resultó ser una persona egoísta, celosa, inmadura, desconfiada, manipuladora, mentirosa, avara, envidiosa y controladora, podría seguir, pero con lo dicho, es más que suficiente para saber como era el ser humano con el que por desgracia me había casado. Ella quería manejar mi vida a su antojo, no me dejaba ni a sol ni a sombra. Siempre pendiente de mí, pero para amargarme la existencia. Me agobiaba, me vigilaba, no me dejaba ni respirar, y aunque de sobra sabía, que mi principal afición era la lectura, ni eso me dejaba hacer tranquilo.

   Solía sentarme todas las tardes, en un antiguo banco de madera que tenía en el jardín, y cuando el buen tiempo me brindaba toda su generosidad, podía pasar horas y horas, sumergido en las profundidades de un buen libro, dando rienda suelta a mi imaginación, animada de forma entusiasta por lo que estaba leyendo y volando (aunque solo fuera con las alas de mi pensamiento), a los lugares más perdidos de la Tierra, y lo más lejos posible de Sally, lástima, que todo girase en torno a un mundo de fantasía, aunque con tal de olvidarme por un tiempo de mi particular tortura, la recompensa merecía la pena.

  Cuando estaba en lo más interesante de la lectura, venía Sally a importunarme, me hacía preguntas estúpidas, a veces tan ridículas que no había respuesta coherente para ellas, otras veces me hablaba de cosas absurdas o superficiales, que me aburrían, o en el peor de los casos, cuando repetía lo mismo una y otra vez, se me levantaba un insoportable dolor de cabeza, y en alguna ocasión, con su forma de actuar, llegó incluso a producirme unas ganas enormes de vomitar, hasta esos extremos llegaban los efectos nocivos de mi convivencia marital. Al final, el único objetivo, de mi querida esposa, era fastidiarme, y sacar lo peor de mí, y a fuerza de insistir, lo consiguió (¡vaya, si lo consiguió!), como se podrá comprobar en el transcurso de este relato.

   Aquello, de una u otra forma, tenía que acabar, y mi cerebro comenzó a dar vueltas, a ver qué es lo que se me ocurría, para terminar de una puñetera vez, con una relación dañina y agobiante, que no solo me estaba amargando la vida, también amenazaba con poner en riesgo mi salud mental, pues de continuar así, podría llegar incluso a enloquecer, tal era mi desesperación.

   Se cumplió un año de la boda, y nuestra relación, ya se hizo de todo punto insoportable. Le pedí el divorcio, pero ella se negó en rotundo y amenazó con hacerme la vida imposible, así que no me quedó más remedio que solucionar el asunto de forma drástica, y por dos motivos principales, el primero, no admito que nadie me quiera chantajear, y el segundo, la sola idea de pasar un día más bajo el mismo techo que aquella mujer, me producía una terrible sensación de asco.

   Ella me insistía, día sí, y día también, con que le hiciera un estanque en el jardín, a lo que yo me negaba tantas veces como me lo pedía, puesto que consideraba su deseo, como uno más de sus caprichos, de los muchos que tenía, además el jardín era pequeño para albergar semejante obra, y a ella no le era suficiente con tener un estanque tamaño charco, lo quería en formato piscina. Sin embargo, hubo un momento en el que caí en la cuenta de que atender la petición de Sally. encajaba a la perfección con mis planes.

Me puse pues, manos a la obra sin demora. Pico y pala, y en pocos días el pequeño estanque (eso sí, tamaño charco, en eso fui intransigente), estaba terminado en su primera fase, es decir, lo que corresponde a cavar, sacar la tierra y dejar el hueco preparado.

La segunda, la iba a completar en breve (pero mi idea, era muy diferente a la que mi mujer tenía al respecto). Aquella tarde le dije a Sally, que podía bajar al jardín para ver cómo iba la obra, y eso hizo, cuando se acercó al lugar de la excavación, sede del futuro estanque, yo a su espalda, agarrando fuertemente la pala con mis manos, y con toda la rabia acumulada por aquel matrimonio enfermizo, le propiné un certero y contundente golpe en la cabeza, que hizo desplomarse a Sally dentro del hoyo, con una exactitud espectacular. A pesar de no ser un experto jugador de golf, me sentí como tal, y tuve la placentera sensación de haber metido una pequeña bola en un reducido agujero desde cien metros de distancia (o más). Comprobé si respiraba, pero estaba completamente tiesa. Su corazón ya no latía, mi bateo había sido mortal de necesidad.

   ¡Adiós Sally querida, Bye, Bye…! ¡Por fin, mi pesadilla se había terminado! ¡R.I.P!

   A partir de aquel día mi vida cambió por completo. La tranquilidad había vuelto a mi hogar. Ahora podía salir todas las tardes al jardín, y disfrutar de la lectura y del sosiego de una existencia en calma. El lugar en el que me sentaba a leer estaba justo en frente del lugar previsto para el estanque, el sitio en el que Sally habría de reposar eternamente. En definitiva, que ambos íbamos a saborear los placeres de un confortable descanso, yo en mi viejo banco de madera, y ella bajo tierra, así son los contrastes de la existencia humana.

   Ahora cada tarde, antes de empezar a leer, saludo a Sally, ¡buenas tardes querida, que disfrutes de tu estanque! Y ella sin moverse, responde en silencio, y me deja tranquilo disfrutando con mi libro. Ahora sí, somos un matrimonio bien avenido, lástima que a Sally no lo hubiera entrando antes en la cabeza, la comprensión que merecía como esposo, ya que, si hubiese sido así, no me habría visto obligado a utilizar la pala para hacer que lo entendiera. La vida tiene estas cosas, y aunque dicen que la felicidad completa no existe, ahora, realmente me siento más feliz que nunca.


                                II Concurso de Relatos en papel (2015)

Organizado por "La lectura de Ramón"

lalecturaderamon.com. España.

Microrrelato seleccionado para su publicación.

Libro Antología del concurso.



                                                                                                           © Fran Laviada

Todos los habitantes del pueblo y sus alrededores, fueron avisados por el jefe de la policía local. Un loco muy peligroso se había escapado de un hospital psiquiátrico cercano. En su frenética huida, se había llevado por delante a un médico, dos enfermeras, un celador, al encargado de mantenimiento, al guardia de seguridad y a su perro.

   Se advirtió a los vecinos que cerrasen bien puertas y ventanas, y todos los poseedores de algún tipo de arma, sería mejor que la tuvieran cerca y en condiciones de ser utilizada en caso de necesidad. También se insistió mucho, para que a nadie se le ocurriera salir de su casa bajo ningún concepto, ya que de lo contrario, el riesgo de que aquella noche se pudiera convertir en una orgía sangrienta, era realmente elevado.

   No obstante, para calmar a los alarmados, a la vez que acojonados habitantes de la localidad, el señor alcalde, había pedido ayuda al prestigioso coronel, jefe de un cuartel del ejército cercano, y éste le garantizó que una compañía con sus mejores soldados (auténticos especialistas en el combate cuerpo a cuerpo, y curtidos en cientos de arriesgadas misiones, es decir, lo que viene siendo, unas auténticas máquinas de matar sin piedad, en formato humano), se iba a hacer cargo de la vigilancia nocturna del pueblo y sus alrededores.

   Los vecinos podrían estar tranquilos, tenían la palabra del condecorado militar, de que nadie iba a correr peligro esa noche, además un hombre solo, por muy elevados que fueran sus instintos asesinos, no tenía absolutamente nada que hacer, frente a un grupo de entrenados profesionales, que eran sus soldados, famosos en el mundo militar por su enorme capacidad y alto nivel de preparación. Y así fue, a la mañana siguiente, tal y como había prometido el coronel, ningún vecino del pueblo sufrió el más leve rasguño, sin embargo, no se pudo decir lo mismo de su compañía, aniquilada por completo durante una especie de espeluznante ritual nocturno, mezclado con un espantoso baño sangre, que dejaba a la vista el terrible espectáculo de ver los cadáveres de su tropa, teñidos de rojo, muchos de ellos descuartizados.

   Brazos por un lado, piernas por otro, vísceras desparramadas por el suelo, ofreciendo una imagen de horror que superaba a la película más sangrienta, que un director de muy retorcida y macabra imaginación pudiera rodar.

                                                                  

 No hay enemigo pequeño, y si además está loco...

© Fran Laviada


La visita al médico confirmó mi ansiedad.

   El doctor, me recetó unos tranquilizantes, dijo que hiciera lo posible por estar calmado, y también que pasara gran parte de mi tiempo rodeado de naturaleza. Así que, me fui a vivir a mi segunda residencia, situada en el campo.


   Pasados unos días, noté los efectos sedantes de mi cambio de vida. La tranquilidad volvió. Una mañana salí a pasear por los alrededores y la curiosidad me llevó al cementerio del pueblo. Mi sorpresa fue enorme cuando vi una lápida con mi nombre.

   Pensé que se trataba de una casualidad, pero cuando retiré unas flores mustias, apoyadas en la cruz de la sepultura, vi mi foto impresa en una oxidada chapa metálica.

   No había error posible, era yo. Asumí pues, mi condición de muerto viviente con naturalidad, y siguiendo el consejo médico, procuré no alterarme, aunque esa noche, ingerí una dosis doble de tranquilizantes para evitar en lo posible las pesadillas.



Las historias que aparecen en este apartado, están incluidas en el libro "Liliputiense Negro", si las has leído y te han gustado, te recomendamos adquirir el título indicado, para que puedas disfrutar con el resto de su contenido, con otros relatos muy parecidos a los que se cuentan aquí.   

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