Chupetones.
Textos cortos con aroma a rojo intenso.
 

Aquella jovencita tímida e ingenua, aprendió en muy poco tiempo todo lo que tenía que saber, para sacarle el mayor rendimiento posible al poderoso tesoro que tenía entre sus piernas. Y como antes había hecho su madre, y mucho antes su abuela, siguió la tradición familiar, para desenvolverse con gran maestría en el noble arte de las técnicas amatorias, convirtiéndose en una auténtica experta en el ejercicio del sexo, algo que hasta la fecha le ha supuesto una fuente continua de beneficios económicos y también personales, pues la chica está convencida de que su trabajo es una labor social, que la convierte en una auténtica samaritana del amor.



Cuando supe que aquella zorra tan solo me había elegido por el abundante contenido de mi billetera, me di cuenta que pensar solo con la polla, es un negocio ruinoso, aunque en la medida de lo posible procuré recuperar mi dinero, con incansables sesiones de sexo salvaje, algo en lo que era una verdadera experta, la mujer a la que yo consideraba mi novia. Cuando me cansé de follar, la dejé tirada y le dije que volviera a la cloaca de la que había salido. La verdad, es que a pesar de que ella me había engañado, me sentí un poco miserable, pero no tuve ningún remordimiento, tan solo quedó en mi recuerdo el sabor intenso de las noches de placer ininterrumpido.


Su potorro era mucho más velludo de lo que había imaginado, algo que en principio no me hizo demasiada gracia, ya que la vegetación exuberante, no forma parte de mis gustos de cama (las aventuras en la selva, no me atraen en exceso) pero en el momento que llegó hasta mi nariz, un intenso olor a hembra, me olvidé del follaje peludo, y me dediqué al otro follaje, para atender sin demora, las demandas de entrada en acción cuya solicitud llegaba desde mi entrepierna.

 

¡Vaya pedazo de mujer!, pensé nada más verla, pero lo que me dejó absolutamente helado, fue lo que me dijo: ¡Quieres echarme un polvo, nene!, y sin que me diera tiempo a abrir mi casi paralizada boca, dobló las piernas poniéndose en cuclillas, para que yo viera como su cueva rosada (evidentemente, desprovista de bragas), se abría ante mí, mostrándose familiar, cariñosa, y húmeda, muy húmeda. Lo que vino a continuación no puedo contarlo, y no por tratarse de algo impúdico (que lo fue) ni mucho menos, simplemente porque esto es una historia tan pequeña, que el texto no da para más, aunque la imaginación del lector puede entrar de lleno en materia para poner lo que falta. Y a modo de orientación, por si sirve de algo, decir, que ella, era muy, pero que muy guarra.



Aunque nunca me he considerado un guerrillero del amor, hubo un momento de mi vida, en el que mi pene, siempre estaba en permanente posición de combate, y no quiero decir con ello, estar siempre empalmado (¡qué agobio!, sobre todo, a la hora de subir y bajar la cremallera de la bragueta), aunque la actitud obsesiva de ensartar mi instrumento, en todas las cavidades que se pusieran a tiro, era mi único objetivo.




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