"Conversaciones con Julius" (Cap. III).

GROUCHO EN ESPÍRITU
I
—¿Es usted Groucho Marx?
—Así es, caballero.
—¡Pero qué me dice, hombre, si usted hace ya muchos años que se murió!
—¿Pues sabe qué le digo, amigo? Que no se fíe usted de las apariencias, ni haga mucho caso de lo que le digan. La gente miente mucho. Yo tan solo se lo advierto. Es usted libre de creer lo que le venga en gana.
—¡No, si yo le creo a usted, es más, estoy casi convencido de que es Groucho Marx! La cara, desde luego, es la misma, y me parece que usted se expresa igual que él. Así que no tengo por qué dudar. Usted, sin duda, es Groucho.
—¡Me alegra que confíe usted en mí, amigo mío! Ya verá, como a lo largo de nuestra conversación, que espero sea larga y fructífera, sobre todo para usted, que es mucho más joven que yo, por lo tanto, tiene más que aprender, va a ir comprobando que soy quien digo ser.
—Me parece perfecto. Encantado de conocerle en persona, señor Marx. He de decirle, aprovechando este momento inesperado, que siempre he sido un gran admirador suyo y de sus hermanos. He visto todas sus películas, y en lo que a usted se refiere, también he leído casi todos sus libros.
—¡Estupendo, un admirador! Así da gusto volver a dar una vuelta por la Tierra. ¡Siempre resulta muy agradable que lo reciban bien a uno después de tanto tiempo ausente!
—¡Perdone mi atrevimiento, señor Marx! Pero, ¿usted, está vivo, muerto, es un fantasma o se ha reencarnado de nuevo en usted mismo?
—¡Vaya, vaya, querido amigo, veo que es usted una persona muy curiosa! Pero bueno, démosle tiempo al tiempo. Aunque quizá lo de menos es lo que yo sea, más bien lo que cuenta es la conversación que podemos mantener entre ambos y lo que saquemos en conclusión. Y perdone que se lo repita, usted obtendrá sin duda más beneficio que yo, aunque no dudo que yo también pueda obtener algún provecho de lo que usted me tenga que decir. ¿Me explico, joven?
—¡Sí, señor Marx, con toda claridad! Y por cierto, prefiero que me trate de tú, me siento más cómodo. Yo, por supuesto, le respeto a usted mucho, así que seguiré tratándolo de usted. Perdone por la redundancia.
—¡Tranquilo, amigo! Yo, a pesar de mi edad, me siento joven. Es más, creo que este viaje provisional de vuelta a la Tierra me ha quitado unos cuantos años de encima, así que me puedes tratar de tú, como yo estoy haciendo ahora contigo. Puedes llamarme Julius.
—Pues usted, ¡perdón, quise decir tú!, me puedes llamar Paquito. Es como me conocen mi familia y amigos.
—¡Pues encantado, Paquito!
—¡Encantado, Julius!
—Si esto fuera una escena de una película de las que hice con mis hermanos, Harpo te saludaría tocando la bocina.
¡Moc, Moc, Moc…!
I I
—Si no te importa, Julius, aunque tenemos mucho de lo que hablar, me gustaría saber bastantes cosas tuyas, por supuesto nada de cuestiones personales, esas pertenecen a la intimidad de tu vida privada.
—¡Tranquilo, muchacho, dispara! No tengo nada que esconder, pero solo te contestaré a lo que me apetezca.
—¡Por supuesto, Julius, faltaría más!
—También he de decirte que no todo lo que se cuenta de mí es cierto, incluso relacionado con frases que dicen que yo pronuncié y no es así, pero bueno, eso poco importa ya. Lo que cuenta es el presente. El aquí y ahora. ¿No te parece?
—¡Sí, estoy de acuerdo contigo!
—¡Estupendo, pues! Así que tú dirás. Aunque he de advertirte, que a veces se me dispara la imaginación y me pongo a interpretar, recordando mi época de actor, e igual me invento algunas mentirijillas, porque me resulta divertido y como hace tiempo que no entreno la creatividad, igual me viene bien desarrollar un poco algo de ficción, como si estuviera escribiendo el guión de una película, o una escena para una comedia teatral, o incluso un libro, no sé, improvisaré sobre la marcha.
—¡Perfecto, Julius, lo que tú decidas a mí vale, para mí ya es un tremendo honor estar aquí en estos momentos y poder hablar contigo de tú a tú!
—¡Paquito, no seas modesto, muchacho! Soy un ser humano como cualquiera, no de carne y hueso como lo fui, pero bueno, en espíritu soy el mismo de siempre, un hombre, quizá un poco peculiar, pero un hombre, al fin y al cabo.
—Está bien, Julius. Me gustaría empezar preguntándote si es verdad que una vez que viajaste a Alemania, visitaste el búnker de Hitler y bailaste en él.
—¡Ja, ja, ja…! No me esperaba esa pregunta, Paquito. Pues sí, me marqué una especie de charlestón, pero parece que a la gente que me acompañaba no les hizo mucha gracia. Lo que nunca supe fue la causa. No sé si es porque bailé mal, o porque los que me acompañaban eran nazis y admiraban a Hitler, y les pareció una ofensa que yo me burlara del Führer, en la que había sido su última morada, o también quizás fuera debido a que los alemanes son demasiado serios para valorar mi sentido del humor. Pero eso fue lo que pasó, Paquito.
—¿Pero cómo se te ocurrió lo del baile?
—Pues es muy sencillo. La zona en la que había estado el búnker de Hitler estaba rodeada de escombros, subí por ellos como pude, unos cinco metros más o menos, y cuando estuve arriba del todo, le di al charlestón. Fue algo improvisado, aunque reconozco que irreverente, pero así soy yo.
—Creo que te gustaba mucho tocar la guitarra. ¿Es cierto?
—Pues sí, me encantaba. Además, me hice amigo de un gran maestro de la guitarra clásica, un compatriota tuyo que se llamaba Andrés Segovia, que incluso me dio algunas pequeñas clases que me sirvieron de mucho.
—¿Es verdad que Federico Fellini te ofreció actuar en una de sus películas?
—Sí, pero la verdad es que no me apetecía mucho en aquellos momentos, aunque reconozco que en aquel tiempo, estaba considerado como uno de los mejores directores del mundo y de hecho así lo siguen valorando los expertos, pero las cosas para disfrutarlas de verdad hay que hacerlas cuando uno de verdad las desea, y en aquellos momentos, trabajar con el amigo Federico no se encontraba entre mis prioridades. ¿No te parece que tengo razón?
—Estoy totalmente de acuerdo contigo, Julius.
—¡Oye, Paquito! ¿Qué te parece si nos tomamos un pequeño descanso? Me apetece relajarme un poco y tomar un café.
—¡Por mí, sin problemas, hacemos lo que tú prefieras!
—¡Con amigos como tú, da gusto, chico!
—¡Yo también me tomaré un cafecito, Julius!
—¡Pues vamos a ello, muchacho!
Después de una media hora de pausa y un par de cafés para cada uno, ambos contertulios siguieron hablando, como se suele decir, de lo humano y lo divino, aunque en el caso que nos ocupa, quizá sería más exacto decir quimérico, o incluso alucinante, pero bueno, poco importa el calificativo, así que centrémonos mejor, en el relato.
Al final, tanto hablar puede llegar a ser agotador, es lo que tiene darle a la lengua sin parar, y en eso Groucho era un auténtico especialista, y Paquito, como buen alumno, tampoco era manco, así que llegó un momento, en que el agotamiento dialéctico exigía una pausa, y ambos decidieron posponer su interesante charla para el día siguiente, en la que habría tiempo suficiente para proseguir la interesante conversación, y que Julius (Groucho), con su desatada verborrea, siguiera contándole a un atónito y al mismo tiempo entusiasmado Paquito, todo tipo de anécdotas de su apasionante vida, que disponía de todos los ingredientes necesarios, para ser cualquier cosa menos aburrida.
I I I
Y como era de esperar, la conversación (imposible, imaginaria o real, eso nunca se sabe, ni tampoco podremos averiguarlo nunca) entre Julius y Paquito siguió, pero esta vez fue el primero, el que, sin que el segundo le preguntara nada, comenzó a hablar sin parar, mientras que el joven, se quedó inmóvil, sin abrir la boca, y por completo atento a lo que su admirado Groucho le estaba contando.
—¡Querido Paquito!, escucha con atención, porque voy a contarte algunas cosas de mi vida que quizás no sepas, o puede que las hayas oído contar a alguien y sean mentiras, o también, puede que hayas leído cosas sobre mí que no son ciertas, aunque eso poco importa, lo que vale es lo que te voy a contar ahora. Llámalo anécdotas, si te parece, o como te plazca. Tan solo son pequeños relatos sueltos de algunas cosas que viví. Por ejemplo, ¿sabías que estuvimos mis hermanos y yo a punto de rodar una película con el gran Billy Wilder? (Un auténtico fenómeno como director, que rodó películas míticas y extraordinarias como El crepúsculo de los dioses, Con faldas y a lo loco, Testigo de cargo, El apartamento, La tentación vive arriba, y tantas otras). Creo que fue en 1960, todos estábamos de acuerdo, e iba a suponer el retorno de los Hermanos Marx al mundo del cine, y por la puerta grande, pero al final no pudo ser. Además, al año siguiente, desgraciadamente, se murió Chico (aunque en nuestro particular universo, mejor diríamos que pasó a otra dimensión), así que el proyecto se fue a hacer puñetas.
También me gustaría contarte la historia de mi bigote, que se hizo casi tan famoso como yo. Al principio, la gente pensaba que el mostacho era de verdad, aunque lo cierto es que era postizo, pero un día, se me hizo tarde en una actuación que iba a realizar en el teatro y no disponía de demasiado tiempo antes de salir al escenario. El pegamento para el bigote no aparecía por ninguna parte, y no tuve más remedio que pintarlo con betún, y así siguió durante mucho tiempo, hasta que decidí dejarme para siempre uno de verdad, es decir, de mi propio pelo. Era mucho más cómodo, y a partir de ahí ahorré bastante dinero en betún, al igual que antes lo había ahorrado en pegamento. ¡Llámame tacaño si quieres, pero el dinero hay que evitar malgastarlo siempre que se pueda!
Otra anécdota que me gustaría contarte es que en el año…, bueno, no me acuerdo ahora mismo, pero da igual. El caso es que rodamos una película muda, la única que hicimos, que se titulaba Humorisk. Pues bien, lo curioso del asunto es que esa película jamás fue estrenada, porque desapareció. Nadie sabe de qué forma, pero no volvimos a saber nada más de ella. Es como si un día por la mañana tu mujer discute contigo, se va de casa, y ya no vuelve para la comida, y tampoco para la cena (algo que no está nada mal, si ya te has cansado de ella). Desaparecida para siempre, pues lo mismo con la película. Aunque las malas lenguas me acusaron a mí de haberla hecho desaparecer, o más bien, de haber quemado el negativo porque no me había gustado cómo quedó en su montaje final. Pues de eso nada, no es cierto. Me acusaron de ser un vulgar pirómano, una especie de Nerón cinematográfico. ¡Qué barbaridad, lo que es capaz de inventar la gente para tener algo de lo que hablar!
—Bueno, Paquito, ya veo que estás muy callado, eso quiere decir que te resulta interesante todo lo que te estoy contando. Quizá te sorprenda un poco que todas mis historias vayan hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, es decir, que no sigan un orden cronológico, pero tienes que tener en cuenta que a mi edad la memoria me falla a veces. No obstante me acuerdo de casi todo lo ocurrido en mi vida (en ocasiones, tengo ciertos lapsus), excepto de lo malo, ya que eso siempre trato de olvidarlo. Aunque resulta inevitable que aparezca el aguafiestas de turno para tocarme las narices, recordando cosas de las que no quiero volver a saber nada nunca más.
Lo que te voy contando es lo que va llegando del archivo que tengo en el cerebro, pero es que las carpetas están un poco desordenadas, por eso puede haber una gran diferencia de años entre una historia o anécdota a la que me refiero y la siguiente.
—¡Tranquilo, Julius, por mí ya sabes que no hay problema, yo estoy encantado de estar aquí escuchando todo lo que me cuentas y con la máxima atención!
—¡Así da gusto, muchacho! Lo mejor que le puede suceder a un artista es lograr que el público esté completamente entregado a la causa, ya que siendo así, el éxito está asegurado. Por lo tanto, continúo, aunque antes me vas a perdonar, Paquito, necesito ir al baño. Ya sabes que a mi edad la próstata es muy cabrona y suele tocar los cojones por desgracia y con demasiada frecuencia. Siento ser tan contundente a la hora de expresarme, pero es la auténtica realidad. Envejecer es lo que tiene.
—¡Por supuesto, Julius, faltaría más! Creo que yo también necesito hacer pis, así que te acompaño…
¡Glu, glu, glu…! ¡Chop, chop, chop…! ¡Chu, chu, chu…! ¡Plic, ploc, ploc…! (Las variantes del ruido se producen dependiendo de la intensidad de la micción de uno y de otro).
Y luego: ¡Gluglú, gluglú, gluglú…! Es decir, el líquido se va por la cañería. Reproducir el sonido que supone tirar de la cadena ya es más complicado, así pues, lo dejamos a la libre imaginación del lector. Y en todo caso, invitamos a todo aquel que se encuentre interesado en descubrir sonoridades iguales o parecidas al caso mencionado, que utilicen la información disponible en diferentes diccionarios onomatopéyicos de uso frecuente.
IV
—¡Qué bien se queda uno después de una buena meada! Aunque a partir de cierta edad, mejor sería dejarlo en simple meada, ¡y gracias! ¡Los tiempos del chorro potente, se quedaron muy atrás!
—¡Ja, ja, ja…, seguro que sí, Julius!
—Bueno, Paquito, vamos a seguir conversando, pero bueno, pregúntame tú algo, porque creo que sin darme cuenta, estoy monopolizando toda la conversación, y no quiero ser egoísta, así que dime qué quieres saber, o de qué te apetece hablar.
—Julius, había pensado, que si no te importa me gustaría preguntarte cosas sobre temas concretos, para saber tu opinión.
—¡Pues dispara ya, muchacho, te escucho!
—Ok. Te iré diciendo un tema y tú me respondes.
Para empezar me gustaría que me hablaras del amor, y las conclusiones que has sacado a lo largo de tu vida, fruto de las experiencias que has tenido con las mujeres.
—¡Sin duda, un tema interesante, muchacho, me gusta, así que vamos a ello! El amor, Paquito, muchos lo confunden con un dolor de barriga, o peor aún, con una diarrea. Y cuando ese malestar pasa, creen que están curados... pero entonces se casan, y ahí ya no hay remedio salvo que se recurra al divorcio, que es el único método posible, para solucionar el desaguisado, de ahí que no sea difícil deducir, que siempre la principal causa de un divorcio, tiene su origen, precisamente, en el matrimonio. Bueno, creo que tú me entiendes lo que te estoy diciendo, ¿verdad, Paquito? Es que a veces igual me lío un poco.
—¡Sin problema, Julius, está claro como el agua! Pero sigue, háblame un poco más del tema.
—Pues a ello voy. Sigo con el matrimonio, que es, sin duda, una gran institución, pero solo sirve para aquellos, que quieren vivir en una gran institución, y al principio algunos piensan que es ahí donde quieren estar, pero con el tiempo se dan cuenta, de que, aunque les gusta la institución, necesitan conocer otras instituciones, y no quedarse siempre en la misma, de hecho a mí me pasó muchas veces. También te diré, y muchos piensan como yo, que el matrimonio acaba con el amor a largo plazo. Sobre todo con ese romance del principio, cuando todo es color de rosa.
Sin ir más lejos, he tenido muchos romances. Y el matrimonio siempre terminó con ellos. No tanto por la institución, sino por la mujer con la que estaba casado en ese momento. Y es que si el romance no lo tienes con tu señora, resulta difícil compatibilizarlo con otra mujer y con tu propia esposa, que sería lo ideal. Y en cuanto al amor, tan solo puedo decirte que el verdadero, el auténtico amor, es muy difícil encontrarlo, pues tan solo se presenta una vez en la vida, ¡claro que luego, no hay forma de quitárselo de encima! No sé muy bien, si entiendes todo lo que te estoy diciendo, pero bueno, ya me conoces. Lo mío es centrarme en el absurdo de las cosas, por ahí van los tiros, y ha sido así durante toda mi vida, y ahora, a mi edad, ya es demasiado tarde para cambiar.
—¡A tu bola, amigo, todo lo que me cuentas me parece muy interesante y no tiene nada de absurdo, al menos para mí, si otros piensan lo contrario, es su problema! Y ahora, para cambiar de tema, me gustaría que hablásemos del dinero, ¿te parece?
—¡Muy bien, me gusta el dinero! Ya sabes que yo siempre he tenido fama de tacaño, y es cierto, no lo voy a negar, pero bueno, es que no me gusta derrochar, pues ganar dinero cuesta mucho trabajo, a mí desde luego me ha supuesto un gran esfuerzo, pero tampoco creo que sea egoísta. Me conformo con tener lo imprescindible para vivir bien, pequeñas cosas que me hagan disfrutar de un merecido bienestar, un pequeño yate para salir a pescar, una pequeña mansión con tres plantas, jardín y piscina, una pequeña fortuna con varios cientos de miles de dólares en la cuenta corriente. En fin muchacho, pequeños placeres mundanos, para disfrutar de la vida, que es corta y hay que aprovechar el tiempo, ¡tú ya me entiendes!
—¡Claro como el agua! ¿Qué tal si me hablas ahora del ser humano?
—¡Asunto complicado, ciertamente! Como ya podrás entender, sobre todo por mi edad, he podido conocer a lo largo de tantos años, a una enorme cantidad de personas de todo tipo, blancos y negros, ricos y pobres, listos y tontos, impresentables y gente encantadora, y las conclusiones que he podido obtener, de forma general, ya que sería muy largo de profundizar en la personalidad específica de unos y otros, es lo siguiente. Uno de los aspectos más determinantes que observé en muchos individuos que he conocido, es que cuando alguien parece idiota, generalmente es que es idiota, y eso se puede comprobar en el momento en que tarde o temprano actúa como un auténtico idiota. También he podido distinguir muy bien a los que son tontos, que son aquellos tipos que nunca se ríen de nada, aunque les cuentes algo tremendamente gracioso, e igualmente, y en el lado opuesto, sé descubrir a los imbéciles, que son aquellos que se ríen de todo, aunque les digan cosas que no tienen ni puñetera gracia. Hay también otra clase de individuo, que podríamos definir como ignorante, que suele ser muy peligroso cuando lo tienes cerca de ti, sobre todo cuando ejerce como tal, qué es ese que en vez de permanecer callado, aunque dé la sensación de ser imbécil, prefiere abrir la boca y decir una sandez, para demostrar que efectivamente es un auténtico necio. Yo he conocido a muchos, pero es una lista tan larga, que sería interminable y necesitaríamos varios días para completarla.
—¡Ja, ja, ja, seguro que sí, yo también podría añadir más nombres, para hacer la lista aún más larga! Bueno, Julius, pasemos a otro tema, ¿qué me puedes decir de la vejez?
—Lo primero que es una putada, y cómo ya estoy dentro de ella, sé muy bien de lo que estoy hablando, pero bueno, es la ley de la vida y no hay más remedio que aceptarla. Y en cuanto a mis experiencias como miembro, ya permanente de la tercera edad, lo que puedo decirte es que ser viejo, te supone tener cada día más experiencia y menos pelo. Tener más ataques cardíacos que erecciones y también que lo más guarro que puedes hacer con tu esposa, es que ella te haga la manicura, o tú a ella. ¿Qué tal si nos tomamos un descanso y seguimos hablando mañana, creo que tengo un poco de sueño…?
Paquito, al volver a la realidad, recupera su nombre verdadero: don Francisco. También él pertenece a esa tercera edad de la que habla Julius, aunque no lo sabe, o no quiere aceptarlo. Es feliz viviendo en ese pasado que para él es real, aunque hace años quedó atrás, como un sueño al que no se quiere despertar.
V
—¿Paquito te gustaría ser actor?
—¡Me encantaría Julius, pero nunca he actuado en mi vida!
—¡Tranquilo hombre, no es muy complicado!
—¡Creo que soy un poco torpe para actuar!
—Qué no Paquito, tan solo es proponérselo, yo al principio no tenía ni puñetera idea de cómo hablar ni moverme, me sentía ridículo pero aprendí enseguida!
—¡Si tú lo dices Julius, yo te creo, el maestro eres tú! —Pues eso muchacho, ¿quién dijo miedo?
—¿Y qué tengo que hacer?
—¡Pues muy fácil!, vamos a ensayar una escena de la película Sopa de ganso, y tú harás el papel de Chico para darme la réplica en el diálogo. Aquí tienes el folio con el texto escrito, lo vas leyendo, yo no lo necesito, tengo excelente memoria para los diálogos, y lo recuerdo perfectamente del día que rodamos la escena. Tú también lo sabrás de memoria cuando lo hayas repetido cien veces como mínimo, ja, ja, ja, ¡es broma hombre…! ¿Estás listo Paquito?
—¡Sí Julius, cuando quieras!
(*)
Groucho: Bueno, y ¿cuántos hombres hay en su ejército?
Paquito (sustituyendo a Chico): Pues tenemos más de cien mil hombres.
Groucho: Eso no es justo, estamos en inferioridad, ya que nosotros tan solo tenemos cincuenta mil, más o menos.
Paquito: Está bien. Para ser justos, les damos veinticinco mil y de esa forma estaremos en paz.
Groucho: Eso es, al cincuenta por ciento, para equilibrar el asunto Y me puede decir, ¿cuántos batallones tienen?
Paquito: Bueno, le diré que tenemos dos batallones y un tipo que parece chino, y que va a su aire.
Groucho: Me gustaría que siguiera usted trabajando para mí, de esa forma, le podría pedir que dimitiera o incluso despedirle cuando me apeteciese. ¿Y cómo van de caballería?
Paquito: Tenemos más cinco mil hombres, pero caballos, lo que se dice caballos, no tenemos ninguno.
Groucho: ¡Pues qué gracia!, yo tengo todo lo contrario, es decir cinco mil caballos, pero ningún hombre.
Paquito: ¡Pues, se me ocurre una idea!, que sus hombres monten a nuestros caballos, y así solucionamos el problema. Creo que sería una buena solución.
Groucho: La verdad es que no es mala idea. Y si sus caballos se cansan, podemos hacerlo al revés, y que los caballos cabalguen a nuestros hombres para variar (Paquito asiente mirando fijamente para Groucho, siguiendo las indicaciones que tiene en el papel, pero pone tanto énfasis en la expresión de su rostro para dar a entender el sí, que le queda una cara de tonto integral, muy parecida a las que solía poner Harpo en algunas escenas, con lo cual le ha salido sin proponérselo, una imitación perfecta del hermano “mimo” de los Marx). No me importa dejarle nuestros caballos, pero tienen que prometerme que van a hacer sus correspondientes maniobras, en caso contrario no hay trato.
Paquito: ¡Oh, claro, por supuesto! Realizamos maniobras con los caballos todas las mañanas, excepto cuando llueve, porque no tenemos paraguas suficientes para que se puedan tapar todos los animales.
La escena se termina y Paquito mira seriamente a Groucho, esperando con ansiedad la opinión del maestro.
—¡Bravo, muchacho, no te has equivocado en ninguna frase! Creo que podrías haber sido un estupendo actor. Vives el personaje. Y ahora que, Chico, no puede oírme, creo que los has hecho incluso mejor que él.
Paquito sonríe y su rostro expresa un estado total de satisfacción, o de felicidad, incluso una mezcla de ambas. De tal forma, y de nuevo, sin hacer ningún esfuerzo ni buscarlo explícitamente, se le vuelve a quedar la misma cara de bobo consumado, en una nueva y exitosa imitación de Harpo.
—¡Oh, gracias, Julius, viniendo de ti es todo un halago el que me haces!
—¡De nada, hombre, no seas modesto! Te has metido en el papel como lo haría un auténtico profesional de la actuación. Mi hermano Chico, era bastante informal por eso, a veces no se tomaba demasiado en serio su trabajo y había que repetir varias veces las escenas, porque se equivocaba con frecuencia. Harpo, sin embargo, era más profesional, se comportaba como tú lo has hecho, con seriedad y muy responsable con su trabajo. Tú te pareces a él en ese aspecto.
—¡Gracias, Julius, es un gran cumplido por tu parte!
—¡Deja ya de darme las gracias, Paquito, pareces un disco rayado, hombre!
Y así fue como Paquito hizo realidad uno de sus sueños más deseados. Fue una maravillosa noche en la que el Hada Madrina de la Fantasía, otras veces tan esquiva, sobre todo para los que tienen la imaginación de cemento, hizo acto de presencia, y tan solo agitando su varita mágica, permitió el debut de Paquito como actor. ¡Quién lo diría, nada más y nada menos! Que compartiendo escenario con el ¡gran Groucho Marx! Un privilegio que pocos en este mundo —ni siquiera en el de los sueños— pueden presumir de haber tenido.
¡Felices sueños, Paquito!
(*) Paquito lo recuerda a su manera, por eso el diálogo de la película y el que aquí se detalla no son iguales, pero es lo que tiene el tiempo que todo lo cambia. Además, Paquito, siempre disfrutó dándole rienda suelta a su creatividad, para añadir morcillas (En el argot teatral, significan una añadidura extra de palabras, o gracias inventadas por el actor, que las incluye en el papel que representa). Son textos o diálogos, que no están incluidos en el guión, y que en este caso el actor Paquito, improvisa buscando su lucimiento personal. ¡Sí, Paquito, es así! En ocasiones, es un recurso que también se suele utilizar, cuando el intérprete se olvida del texto, y no tiene más remedio que improvisar para salir del paso utilizando algo creativo y de su propia cosecha.
V I
Y las largas conversaciones entre Paquito y su amigo Julius, continuaron durante muchos días, y a medida que los meses iban transcurriendo, Paquito pasaba más tiempo hablando con su amigo, y menos siendo don Francisco. Le gustaba más la realidad de su imaginación (que era falsa), que la de su vida auténtica, que obviamente era la verdadera.
Y la fantasía continuó su camino, es lo que tiene, que sigue, sigue y sigue, mientras se le da cuerda, hasta que un día se termina, porque la cuerda se gasta o se rompe.
Julius cabalgaba sin descanso a lomos de su verborrea incontrolable y su dialéctica eterna, era, sin duda, quien llevaba la voz cantante. En aquel escenario imposible de guión ilusorio, cada intérprete era consciente de su papel, desempeñándose con plena eficacia.
Uno lleva la voz cantante, el genio, Groucho, lo suyo es la palabra, hablar sin parar. El otro es el alumno aplicado, el oyente, Paquito, lo suyo es escuchar en silencio, y para ambos, el aliciente compartido, es disfrutar del momento, del instante irrepetible que quizá no se vuelva a dar nunca más, porque es lo que tiene la entelequia, que aunque sea irreal, y no puede existir en la realidad, a veces aparece en otra dimensión, pero haciendo su genuino acto de presencia es decir, de la misma forma que llega sin avisar, también se marcha sin despedirse…
Ya te dije en su momento, querido amigo, que conmigo ibas a aprender bastantes cosas relacionadas con la existencia humana, y que conste, que no quiero que hagas una interpretación errónea de mis palabras, para que no pienses que soy una persona con exceso de prepotencia, que presume de ser inteligente, ¡qué lo soy, para qué nos vamos a engañar! La falsa modestia es absurda y una persona tiene que saber cuáles son sus fortalezas, para poder exprimirlas al máximo, si tú mismo, no te valoras, será difícil que el prójimo lo haga, pero bueno, a lo que íbamos, lo que yo quiero sobre todo es transmitirte mi experiencia, esa que la vida me ha inoculado a largo de muchos años caminando por la senda de la supervivencia, y yo sin duda he aprovechado el conocimiento adquirido, y por eso utilizo este momento para enseñarte aquello que pueda serte útil, ya sabes que el tiempo si los aprovechas bien y aprendes de los errores cometidos, te aporta sabiduría, lo contrario no tendría sentido, es decir, que sería completamente absurdo, soplar velas de cumpleaños, con el único objetivo de hacerte viejo, eso es un asunto de tontos. Te lo digo, porque no siempre el ser humano aprovecha las extraordinarias enseñanzas que el paso de los años, van aportando en el corto camino de la existencia, y precisamente por esa brevedad, no puede uno perder, ni tan solo un segundo, desaprovechando su ciclo de vida, haciendo estupideces, para nadar en las aguas de la ignorancia y por desgracia eso les sucede a muchos que se han hecho viejos, y continúan permanentemente flotando en el enorme mar del desconocimiento, por fortuna, ese no es mi caso.
Algunas de mis frases, han sido interpretadas de diferente forma, ya que cada cual es muy libre de darle su significado particular a lo que oye. Muchos, tan solo vieron en ellas, una forma de decir algo gracioso, otros en el pasado no las entendieron, y muchos en el presente, tampoco, ni lo harán nunca, precisamente por lo que antes te comentaba, es decir, porque son nadadores en aguas de la incultura y la falta natural de una mínima inteligencia, sobre todo emocional.
Y otros muchos, por suerte, han sabido entender lo que yo pretendía transmitir. Y entre esas personas, espero que te encuentres tú, querido amigo Paquito.
Además, para eso estoy yo aquí, para aclarar cualquier duda que tengas, siempre en la medida de mis posibilidades, pues, aunque la vida me ha enseñado mucho ejerciendo como buena maestra, y siendo yo, un alumno aplicado, en absoluto me considero un sabio, eso se lo dejo a otros, que creen serlo, aunque ya sabes eso que dice, “dime de qué presumes y te diré de qué careces”, y qué además, en el colmo de la desfachatez, piensan que son perfectos,
Y en este sentido, quiero darte un consejo, querido amigo:
¡Jamás te fíes de alguien que es perfecto (o que se lo cree)!
Seguro, que en el fondo de su ser, algo raro esconde, así que aléjate de esa persona lo más rápido que te sea posible, y pon entre tú y ella la mayor distancia de la que seas capaz!
Me voy a tomar una pequeña tregua para recuperar un poco de aire, y luego sigo, porque cuando cojo “carrerilla” no paro y a veces, de tanto hablar sin detenerme, disminuye considerablemente mi capacidad respiratoria. Algo que me suele suceder también cuando subo al quinto piso de un edificio sin ascensor, y las escaleras en plan egoísta me exprimen todo el aire que me queda en los pulmones. Y tengo que detenerme varias veces para recuperar oxígeno, antes de llegar al maldito quinto piso, al que dicho sea de paso, tan solo tengo intención de acceder cuando, al otro lado de la puerta, se encuentra una bella dama esperándome, por lo general, ligera de ropa. Y además “no piensa mal de mí, porque sabe de sobra que mi interés por ella, es puramente sexual”. La señora (o la chica, no me gusta discriminar a las mujeres por razones de edad), tiene claro a lo que yo voy, y ella, también sabe lo que quiere, es decir, discúlpame si soy demasiado directo, ¡practicar el noble arte del coito! Ya que de otra forma no se entendería que mi cuerpo se prestará a hacer el enorme esfuerzo de subir a “pata” las escaleras de cinco pisos, poniendo además en peligro mi ritmo cardíaco, ya de por sí alterado por los achaques propios de la edad, con el añadido extra de la aceleración natural por la emoción del momento, algo comprensible, cuando en breve, uno va a copular con una hembra de… ¡toma pan y moja!
Pequeña pausa de recuperación.
Tomar aire…
Respirar profundo…
Regularizar pulsaciones…
Y de nuevo Julius, una vez recuperado (aunque ligeramente, ya que a ciertas edades los períodos de recuperación, de cualquier actividad que se realice, ya sea física o intelectual, van aumentando considerablemente), sigue con su fecunda plática.
¡Escucha con atención! Una vez dije aquello que se hizo tan famoso:
“¡Damas y Caballeros, estos son mis principios, y si no les gustan tengo otros!”, pues bien, a lo que me quería referir, es que mucha gente, actúa con una total falta de ética en su vida, y envuelven su paso por el planeta Tierra, con un manto de frivolidad e hipocresía, que les hace cambiar de parecer continuamente, actuando como auténticas veletas que se mueven a merced del viento que otros soplan, o las circunstancias, porque muchos utilizan sus principios (o directamente no los tienen), como una simple moneda, en función de los beneficios que puedan obtener a cambio. Es una forma de trueque interesado muy habitual en la sociedad moderna.
Y hablando de hipocresía, alguna vez experimenté en “carne propia”, la falsedad de la gente, cuando un día quise hacerme socio de un club, con mi auténtico nombre, es decir, Julius Henry Marx, y no me admitieron, porque en ese momento, no sabían quién era yo, es decir, desconocían, que detrás de aquel nombre se escondía un personaje famoso, y me rechazaron. Más adelante cuando se dieron cuenta del error cometido, se pusieron en contacto conmigo invitándome muy amablemente a ser socio del muy ilustre “Friars Club de Beverly Hills”. Los muy hipócritas eran conscientes, de que tener entre sus miembros a alguien famoso como yo, siempre les iba a ser rentable a nivel publicitario, pero lo único que me demostraron, es que la persona, no les interesaba para nada, tan solo valoraban que yo fuera alguien conocido, de ahí mi respuesta a su “amable” invitación: ¡Nunca pertenecería a un club que admitiera como miembro a alguien como yo!
Podría seguir contándote muchas más cosas, amigo, pero veo que tienes cara de estar fatigado y será mejor que lo dejemos para mañana, yo también necesito descansar, pero antes unos últimos apuntes sobre el comportamiento de los seres humanos y te quiero hablar de las supersticiones y de las equivocaciones, que son conceptos distintos a pesar de que las dos terminen en “ones”, aunque tienen cierta relación, pues en lo que hace referencia a lo primero, hay cierto tipo de creencias, y es un ejemplo, como qué, el número 13 o los gatos negros, dan mala suerte, y eso obviamente no es cierto, ya que pensar de esa forma, sin duda te lleva al error, y si eso lo trasladas a decisiones importantes de tu vida, en las que te dejas llevar por una serie de fetichismos, acabarás cometiendo grandes equivocaciones, que con toda seguridad te acarrearán disgustos muy serios. Al final, lo que quiero que entiendas es que uno, en la vida, y a la hora de tomar decisiones importantes, no puede dejarse arrastrar por unas cuantas creencias que son irreales, ya que están adulteradas o, directamente, son estúpidas. Por eso, en cuanto a las supersticiones, lo que yo pienso es que “Si un gato negro se cruza en tu camino, eso tan solo significa que el animal va a algún sitio”, es decir que lo de la mala suerte es una solemne tontería. Y en cuanto al asunto de los errores, tan solo puedo decirte, algo que le escuché a mi buen amigo Charlie Chaplin, un hombre sin duda, de una inteligencia privilegiada, cuando dijo aquello de: “Me gustan mis errores, no quiero renunciar a la deliciosa libertad de equivocarme”. Algo que suscribo al cien por cien, porque no hay independencia mayor para un ser humano, que ejercer sin limitación alguna su derecho al libre albedrío (por supuesto, sin invadir el del vecino), otra cosa es acertar o equivocarse, y en este último caso, hacerte responsable de las consecuencias de tus fallos, pero nunca pagar por los errores que hayan cometido otros en tu nombre, porque les has dejado tomar decisiones por ti, ya que, sí actúas de esa forma, te habrás convertido sin darte cuenta en una marioneta, habrás dejado tu vida en manos del prójimo, que moverá los hilos de tu vida a su antojo.
¿Estás de acuerdo, amigo?
Paquito no respondió, porque sin darse cuenta se había quedado dormido, y ese momento Julius, fue consciente de que había hablado más de la cuenta, y una vez más pudo comprobar que su locuacidad era realmente inagotable.
¡Bueno, ya seguiremos, mañana será otro día! Pensó el hombre del bigote negro y el puro apagado, haciendo una de sus muecas habituales, acompañada de su característico movimiento de pestañas.
📖 ¿Te has quedado con ganas de más?
Esta novela se irá publicando capítulo a capítulo de forma 100% gratuita aquí en el blog.
Pero si prefieres leer la historia completa del tirón (y sin anuncios ni esperas), ya la tienes disponible en: Amazon KDP en el siguiente enlace:
amzn.to/4awh7DH (Edición Papel)
amzn.to/4eC9oqf (Formato Digital)
¡Gracias por leer y por apoyar el trabajo del escritor como autor independiente! Si te ha gustado este capítulo, no dudes en compartirlo en tus redes sociales.
Fran Laviada